En una extensa charla, repasa la historia del periodismo argentino, los
dilemas del presente y los alcances de la ley de medios. El lenguaje en
la comunicación y el riesgo de que sea dirigido por los aparatos de
publicidad. Afirma que John William Cooke es un olvidado en la historia y
que la Argentina atraviesa un momento de debate violento.
Desde el
martes pasado, la Biblioteca Nacional llevará el nombre de Biblioteca
Nacional Dr. Mariano Moreno. Horacio González afirmó al respecto que “en
los pocos documentos que sobreviven (como el clásico texto de La Gazeta
de Buenos Aires) muestran que él fue, en 1810, el fundador, de modo que
es el único nombre que goza de unanimidad. Nadie podría sentirse
incómodo”.
“Ustedes publicaron la semana pasada un discurso de Salvador Allende de
1972 donde denunciaba las tapas del diario El Mercurio en contra de su
gobierno. Un texto que, de acuerdo a lo que ocurre aquí, parecería dicho
hoy mismo. Es una tentación decir que la pelea entre los proyectos
nacionales o populares y los monopolios mediáticos lleva medio siglo. El
caso argentino es el que más avanzó, porque piensa en términos de una
ley. Y comprobó lo difícil que es que tenga vigencia una ley aprobada
por el Parlamento. Ahí se revelaría que el espacio de todo el espectro
de los medios de comunicación es un lugar primigenio de las luchas
políticas por la dirección de una sociedad”, dice Horacio González.
–¿Cuándo surge históricamente esta conciencia?
–Evidentemente,
una buena historia del periodismo debería decirlo. La crítica política
argentina, acentuado el caso del diario La Nación, tiene una notoria
relación con las políticas de Mitre. Su partido, el Nacionalista, con
intervenciones en las provincias y la Guerra del Paraguay, marca el modo
en que se fue forjando el diario La Nación. Aparece una correlación
bastante explícita.
–Sería casi una lucha de clases…
–Hay un
trabajo importante de Ricardo Sidicaro, La política vista desde arriba,
que es la historia del diario La Nación vista desde sus editoriales. Es
el típico trabajo sociológico que le atribuye al editorial la
orientación general del diario. El editorial sería lo que menos importa,
aunque a veces sean escandalosos, estén escritos en prosa antigua,
programática. El modelo comunicacional trascendió la línea editorial
visible y sus líneas están puestas a través de toda clase de semiologías
renovadoras, de las nuevas tecnologías y de implícitos que tienen que
ver con un trabajo interno del lenguaje que en la vieja crítica de
izquierda no tenía. Por ejemplo, el emporio Randolph Hearst provocó, en
gran medida, la guerra de Estados Unidos con Cuba en 1898, y sostuvo la
presencia norteamericana en la isla. Y el modelo de Hearst,
inmortalizado por Orson Welles en El ciudadano, pasa un poco a la
Argentina con Natalio Botana. Pero en realidad había, evidentemente, en
el diario Crítica, algo que La Nación no tenía, que era una apuesta más
audaz en materia cultural, configurando lo que Jacobo Timerman explotó a
fondo en La Opinión, con posiciones de izquierda muy renovadoras.
–¿Usted cree que Crítica fue el primer intento mediático de abrir el universo del lector?
–Sí,
tener un lector homogéneo era la base de la legitimidad del diario para
La Nación, y eso era una concepción también del periodismo clásico. En
el caso de Crítica, el lector popular había que crearlo. Lo que hizo
Botana fue renovar el lector y eso influía en el modelo de noticia
internacional, el modelo de editorial, el modelo de escritura, que
permitía destacar a ciertos periodistas que gozaban del privilegio de la
firma. En este caso, creo que el más notable periodista de la época fue
Roberto Arlt, pero en el diario El Mundo, que también tenía esa
particularidad, el permitir una firma de un columnista. La Nación sólo
permitía firmar a los corresponsales en el exterior: José Martí, Rubén
Darío, Leopoldo Lugones. Pero con Roberto Arlt por primera vez aparece
como columnista firmante alguien que dice que la escritura de la novela y
la escritura en general se escriben sobre un rollo de bobina de papel,
asociando el estilo periodístico a la renovación de la novela.
–¿Es
inevitable que un medio popular, como fue Crítica, como fue La Opinión,
deba ser irremediablemente opositor al gobierno de turno?
–Los
grandes diarios clásicos argentinos, los que más duraron, fueron
golpistas. La Razón, históricamente, sirvió a los servicios de
información del Ejército, de la SIDE. La Nación surge de una trama
interna de la historia argentina, que es el establecimiento de ciertos
criterios vinculados a la propiedad de la tierra, con la formación del
ejército, al fin de las luchas civiles, de un mando único que se
establecería en Buenos Aires a través de una clase social. Desde ese
punto de vista, es producto de ese triunfo y le permite inventar la
neutralidad periodística, la que representa el fin de las guerras
civiles y que, por ello, el partido triunfador declara su pensamiento
como tribuna de doctrina. Es decir, declara la nueva objetividad, por
supuesto, ininvestigable. Esa objetividad es lo que el diario dice del
país y de sí mismo. Es el juicio, en última instancia, de una sociedad. Y
por lo tanto, no puede ser objetivo. Ese es uno de los grandes logros
de La Nación. El problema es por qué el periodismo que surge del modelo
de construcción nacional con el poder de largo plazo que se construyó en
la Argentina se dirige a un lector que presuponen disconforme con el
Gobierno y lo genera, disconforme también, como un lector ávido del
folletín de la inestabilidad de los gobiernos: seguridad, corrupción,
inflación. Esos son los grandes temas del folletín de Eugenio
Cambaceres, también inventor del periodismo. Uno nunca vive tranquilo ni
en su casa. Siempre hay algo peligroso en las ciudades. Uno diría que
ahí está el periodismo oligárquico, que ve que el control social es
posible y que el diario lo satisface con un conjunto de escritores que
incluso pueden ser adversos. Por ejemplo, La Nación tuvo problemas con
el gobierno fascista. No se sentía fascista el diario, sin embargo lo
sigue publicando, no sin problema. No se siente incómodo con Martí. Y
tampoco Martí se siente incómodo con La Nación, porque había triunfado
como esa creatividad de la construcción nacional. Incluso el mitrismo le
agrega detalles a esa construcción nacional. El voto a Alfredo Palacios
en la primera elección de diputados sale con votos mitristas. La
relación mitrismo y socialismo liberal, en el caso de Palacios es
notoria, más allá de que Palacios excede con mucho a esa relación
incluye también una cierta izquierda que acepta el planteo central de la
construcción, el modelo de la inmigración. También lo acepta Juan B.
Justo: si uno relee La Vanguardia, se puede pensar que es como La
Nación, con noticias que ponen más énfasis en el Partido Socialista,
pero es el mismo modelo de objetividad, el mismo modelo positivista
liberal. Me faltaba decir esto de cómo aparece en el Nuevo Periodismo,
que es el periodismo con crónica, de Walsh o de Truman Capote. El
periodista no sólo aparece con firma, sino que aparece tomando el mismo
riesgo de los dueños de esos diarios, que encabeza en la Argentina,
notoriamente, Jacobo Timerman. Eso es un tema muy interesante. Después
viene la saga de las revistas: la Qué de Scalabrini Ortiz, que era un
desarrollista, y de Jauretche, que anuncia el fin de la contraposición
civilización y barbarie encarnada en Frondizi. Jauretche lo anuncia ahí,
impulsando un nuevo país donde el peronismo perturbaba, no las masas
peronistas, que se tenían que hacer desarrollistas, sino un viejo
exiliado. Jauretche y Scalabrini precisaban un nuevo periodismo más
ágil, con un lector con menos tiempo para leer. Y eso ya estaba en
Noticias Gráficas o en Clarín, con el formato tabloide. No en vano
aparece el chiste desarrollista, que es la señora gorda, gorila y
oligarca. No sólo no le gustan las masas populares, sino que no le gusta
el peronismo ni el desarrollo económico. Landrú capta bien este
prototipo contra el cual se dirige el desarrollismo. Ese desarrollismo
incluye la revista Contorno, a los hermanos Viñas…
–¿Y a John William Cooke también?
–No,
a Cooke lo influye el sartrismo, que es la relación que puede tener con
los hermanos Viñas, pero más que nada con Rozitchner, con el cual
sentía mucho en común. Cooke es el único político serio no desarrollista
que tuvo el peronismo. Había mucho de revolucionario en su pensamiento,
había otro sujeto social, y a Perón lo justificaba también como un mito
reanimador de las masas, pero su escritura y su crítica a la
tecnología, como político del peronismo, es casi inconcebible. Cuando
critica el Plan Europa de reordenamiento del Ejército, que era un plan
desarrollista típicamente, lo critica no sólo por militarista, sino por
desarrollista, es decir, por dejar que la sociedad tenga un núcleo
tecnológico capaz de regir todos los asuntos culturales, políticos.
Cooke es un olvidado, no hay ningún lugar en el que la izquierda dura,
clásica, intentara recurrir a Cooke. Claro, es un tipo inubicable, uno
puede decir “el peronismo lo abandonó”, pero tampoco es tan cierto.
–¿Cooke interpelaría al peronismo actual?
–Bueno,
es difícil hacer ese juego, porque en realidad el peronismo actual
tiene muchas cosas del peronismo con el que él convivió y actuó. Basta
ver la correspondencia, quizás la mayor pieza epistolar de la Argentina
de Mariano Moreno en adelante. Incluso se podría decir que con el Plan
revolucionario de operaciones, de Moreno, quedan algunas dudas. Dudas
que no aparecen en los libros de Cooke. Hay en sus textos y en él mismo
una ética de la Argentina que está rehaciéndose.
–¿Dónde, por ejemplo?
–En
relación con el problema comunicacional, por ejemplo, la Fragata
Libertad pasó a ser un poco incuestionable para el kirchnerismo y
difícil de tomar para La Nación y Clarín porque es un episodio que
terminó bien. Entonces critican formalidades, por qué la llevaron, la
demora de la fiesta, el Himno. En el caso de Cristina, hace muchos años
que no se recuerda al Almirante Brown. Y no recuerdo un presidente que
citara la frase de San Martín de la Orden General del 18 de junio de
1819. Era una frase que usaban los Montoneros (pelearemos como nuestros
paisanos los indios, en pelota). Hasta es un modelo épico que va a ser
la nueva discusión en el país. La gran prensa no encontró la épica. La
de Cristina tiene un cierto borde reconciliador.
–“Reconciliación” es una palabra que se usó demasiado para evitar profundos debates y también justicia.
–Está
bien, más que reconciliación, veo un replanteo general de las
relaciones entre las instituciones argentinas, y no excluyo ninguna
épica, ni ninguna sacralidad. Es muy profundo ese tema, y esa
profundidad se le escapa a la historia argentina.
–Usted mencionó hace poco que el país vive un momento de gran debate. Y utilizó la palabra “violencia” en ese debate.
–Sí,
pero no para atemorizar a nadie. Este gran debate lo va a ganar quien
pueda explicar mejor sus propios argumentos, y sobre la base de ello
poder absorber mejor los otros. Los otros son aparatos culturales: La
Nación es muy antigua, Clarín inventa personajes fortísimos. Por eso,
cuando dice “acá piensan todos, del modo que quieran, y la pluralidad es
posible”, no deja de ser cierto. Sólo que el colofón de eso se llama
Clarín, que es como la superación del movimiento nacional peronista con
todos sus chiches: “Este es de izquierda, este es de derecha, pero de
Clarín somos todos”. Esa frase de Perón vale hoy para Clarín. Estuvieron
40 años amasando los pensamientos fantasmales de la clase media
argentina.
–Y encarnando a la perfección esos valores, esas simbologías…
–Perfecto,
porque además hoy, como Clarín tiene esa política, te habla en contra
de la minería, te habla en contra de la soja (“y…, no es tan buena,
fumigan y se mueren niños”), las comunidades originarias. Y nosotros
hablamos menos de eso. Esto está por encima de la ley de medios. No sé
qué tipo de lenguaje vamos a constituir para explicar situaciones
intensas, ni qué legislación habría que hacer. En realidad, todavía no
está visto cómo afecta al lenguaje la revolución tecnológica en el
periodismo, y cómo afecta el lenguaje de las personas cuando describen
su experiencia con despojamiento de metáforas, simbolismo y pudor. El
pudor es una fuerza dramática, necesaria y democrática. Si se despoja el
pudor también uno puede decir que puede perder cierta condición
actoral, puede perder cierta condición actoral el lenguaje. Yo creo que
una buena prensa revolucionaria, que revoluciona el género de la prensa,
comienza a pensar el lenguaje de otra manera, no para no decir malas
palabras, sino para demostrar que aún diciéndolas no rompiste el tabique
entre las distintas formas de lenguaje que hay. Hay rupturas. La
televisión la rompió porque el mercado obliga, supuestamente el mercado
obliga a no decir “ahora uso el lenguaje un poquito más culto, y un
poquito más abajo pongo el lenguaje soez”. No es tan así ahora. Por
ejemplo, el lenguaje de Lanata es maravilloso, nadie le puede decir más
nada, rompió todos los tabiques, habla de todas las maneras que se puede
decir, aplica todas las frases de la ruptura, después otras más soeces,
el tratamiento más despreciativo. Eso pasó un poco con el periodismo
cuando en La Opinión apareció una carta de Alejandro Agustín Lanusse
protestando por una nota. Era el presidente, y el periodista respondía
con un “el lector Lanusse”. Ahí comienza una igualación que está bien,
es decir, tratar de igual a igual, pero en la cual el periodista iba
construyendo su propia figura. Por ejemplo, Lanata es una figura
construida por encima de cualquier institución presidencial o
institución política. Imaginate un concejal, un diputado, lo aplasta, no
lo considera como un lector o como un televidente. Entonces, ahí se
desequilibra a favor de un periodista comediante, con una gran capacidad
agonística, donde además de que juega con su propia muerte, es un
fenómeno relativamente nuevo en la Argentina. Que haya estado en contra
de Clarín y ahora a favor de Clarín es casi una anécdota en relación a
cómo se construyó ese modelo de superior, casi del periodismo clásico,
porque a partir de ahí, ¿qué periodismo puede haber?
–¿Pareciera que
hay una ruptura en la imposición de la agenda periodística por parte de
los grandes medios. Por un lado, el hecho novedoso de una presidenta que
sale a responderles, y por otro que a través de sus tapas y principales
notas editoriales esos medios siguen las acciones del Gobierno.
–Sí,
y hay cosas novedosas, como el caso Schoklender, donde podían afectar
valores muy profundos de los derechos humanos. Y hacen varias cosas con
eso. Afectarlos, porque no les interesa, o demostrar que se puede seguir
por otra vía, pero no sé cuál sería la otra vía, pero en realidad al
atacar a Hebe, con un tema muy delicado como es el tema Schoklender, o
sea, se metieron en temas donde la sociedad progresista argentina, con
un nuevo tipo de progresismo pensando en un nuevo tipo de familia, por
ejemplo el tema del parricidio. Hebe es una persona muy peculiar, le
interesan los temas. Es un tema que forma parte de ritos y tabúes muy
profundos, y Hebe es una desarmadora de todo eso. Un personaje como Hebe
es un rango permanente para desacreditar toda la política de derechos
humanos, y al mismo tiempo, curiosamente, el personaje que más la
sostiene con su sola presencia, ese es un tema muy fuerte…
–Sí, incluido ahora, además del caso Schoklender, el “vamos a ir a presionar a los jueces”.
–Sí,
porque la cuestión de Hebe es muy fuerte porque se mueve sin la
posición del Gobierno, porque piensa sin instituciones, y eso no ocurre
en general con nadie que esté en la política, por ejemplo con los
grandes luchadores del Premio Nobel, o Robert Cox. Los grandes liberales
piensan con instituciones. Hebe piensa con una injuria que saldría del
interior de las vísceras populares. Son todos temas que me parece que
hay que pensar.
–Los otros días, en 6,7,8, usted volvió a refutar la
demanda de los medios de comunicación, impuesta en los últimos años, del
hablar sencillo, de utilizar un lenguaje accesible dirigido a comunicar
a ese abstracto denominado la gente.
–El hablar sencillo no es la
puteada permanente. Hay nuevas puteadas o injurias que hay que aprender
el código bajo el cual se dicen. Yo me refería a que los medios, más
allá o más acá de la ley de medios, porque eso tampoco está escrito en
la ley, generan un modelo de espacio y de tiempo que genera una lengua, y
genera el personaje que te dice “dígalo para la gente”, “tradúzcalo
para que se entienda”… y ahí salen los modelos de divulgación, como el
de Adrián Paenza, que es un modelo genuino de divulgación, me parece.
Creo que todas las áreas artísticas y del conocimiento, todas tienen
modelos de divulgación, que en todo caso también va a ser un nuevo
debate. Por ejemplo, el canal Encuentro tiene grandes modelos de
divulgación, ha encontrado una interesante veta de modelos de
divulgación. Cuando ese modelo de divulgación no resulta atractivo ya es
otro lenguaje que no se refiere al anterior de profundizarlo sino a un
control social sobre el lenguaje. Y ese control social lo ejerce la
televisión con el personaje que dice cuál es el nivel medio de
comprensión de una sociedad, que está sometido a encuestas, está
sometido a target, a estudios permanentes. Entonces, el modo que haya
que hablar de aquí en adelante lo van a determinar las agencias de
publicidad, o aún mejor dicho, estudios de mercado sobre la base de qué
se entiende y qué no se entiende…
–Otro tema es la medición del tiempo de atención del televidente, y cuándo se dispersa y va a otro lugar…
–Esa
medición habría que quitarla de circulación totalmente y reinventar la
televisión. Por ejemplo, Clarín hace diez años tenía un sistema que les
permitía anunciar cual era el promedio de cada nota, “lectura de esta
nota: 3 min, 3 segundos”… ¿qué quiere decir eso? ¿A qué lector se
dirigen?… ya no es el lector de Natalio Botana, ni de Sarmiento, ni de
Mitre. No veo que esto se debata en ningún lado, y más bien cuando lo
digo produce una cierta incomodidad, pero no puede ser que haya una ley
de medios donde los modelos técnicos y del uso de la palabra sean
iguales en todos lados. Una diferenciación interesante por la vía de los
programas que están de acuerdo que rija enteramente la ley de medios
puede ser tomar este tipo de audacia en el lenguaje. Por ejemplo, el
tipo de sermón de Nelson Castro hereda el viejo pacto de la televisión
con el evangelismo. El de Lanata no, porque es herético. Julio Blanck y
Van der Kooy tampoco, porque es la picaresca porteña, los dos son dos
pícaros que se miran, se guiñan, “y este, qué opina...”, “yyyy… ése más o
menos, fíjese que…”, es el típico diálogo de un género… casi gauchesco,
porque es una picaresca. Más allá de aceptar esto, porque el periodismo
es la captación, el oído del lenguaje, el oído del lenguaje popular ya
fue superado por la creación del lenguaje propio, que se basa en la
medición de tiempo, espacio…
–¿Cómo ve a los medios públicos?
–Ha
acertado con algunos aireados, como se dice, la Guerra del Paraguay, o
el documental de Clarín, que estaba muy bien, y sin que lo tomen como
vanidoso, el de Piglia, que se hizo entre la Biblioteca y el Canal, era
una novedad, porque Piglia no dejó de decir nada que no diga en sus
clases tal cual, y la escenografía, con un simulacro de clase, es
interesante, porque el ambiente de la clase es lo más descriptivo de la
historia de Occidente, no el set de televisión. Aunque el set se imponía
sobre la clase, se trataba de recrear la clase.
–¿Qué piensa del debate sobre objetividad y periodismo?
–No
es que piense que el periodismo no sea objetivo, todo lo contrario. Si
leen los diarios del siglo XIX, eran facciosos. Con La Nación empiezan a
no ser facciosos, porque Mitre ve que hay un triunfo tal que puede
declararse objetivo, informar sobre tal o cual cosa en términos que hoy
llamaríamos plurales. Pero un nivel de objetividad hay que restaurar,
mínimo. Son acuerdos sociales, no puede haber medios de cada sector, es
una facciosidad del siglo XIX. Como había muchos diarios, había 40
unitarios y 40 federales. También yo diría que gana la polémica el que
pueda demostrar que lleva para sí un cierto tono de objetividad, que
podés decir, la objetividad ya sabés que es una suma de decisiones de un
grupo, y de victorias que se han conmemorado o no, que han sido
aceptadas, pero de todas maneras eso tiene que existir.
–¿No falta
abrir más espacios para debates públicos, políticos, culturales? En
6,7,8 abrieron un espacio en el que confrontaron de manera muy
interesante Roberto Gargarella y Edgardo Mocca…
–Bueno, también está
Beatriz Sarlo en 6,7,8, que fue un momento importante. Beatriz Sarlo es
un tema muy difícil, porque es la máxima crítica cultural que hay en la
Argentina, y su tarea casi primordial hoy es analizar toda la
gestualidad, la simbología de la Presidenta, de una forma demoledora,
entonces también si bien esos análisis los podés encontrar en Roland
Barthes, tienen una potencialidad injuriante tan grande que te ponés a
dudar, cómo sería un debate con una persona que tiene que ser del mejor
nivel de exposición de oposición al Gobierno, pero justo retrata a la
Presidenta como una figura más bien autoritaria, en un artículo señalaba
cosas que normalmente a uno se le escapan… cuando decía, “a ver, vos…”,
dos arquitectas… y en ese momento la veía como la dama que daba una
orden restrictiva en nombre de la democracia. Como la democratización de
las relaciones.
Fuente: http://sur.infonews.com/notas/clarin-estuvo-40-anos-amasando-los-pensamientos-fantasmales-de-la-clase-media-argentina
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